Se delimita un espacio rectangular dividido en tres zonas longitudinales: una zona central amplia, donde se desarrolla principalmente el juego, y dos carriles laterales más estrechos, donde se sitúan las miniporterías.
Se forman dos equipos de 8 jugadores, con las siguientes estructuras posicionales:
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Equipo rojo: disposición de 4 defensas, 3 centrocampistas formando un triángulo y 1 delantero centro (4-3-1).
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Equipo amarillo: disposición de 1 mediocentro, una línea de 4 centrocampistas y 1 delantero, completando los 8 jugadores con los restantes efectivos de su estructura.
El juego tiene direccionalidad definida:
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El equipo rojo defiende las dos miniporterías del sector izquierdo y ataca las dos del sector derecho.
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El equipo amarillo defiende las dos miniporterías del sector derecho y ataca las dos del sector izquierdo.
Ambos equipos desarrollan un juego de posición 8×8, respetando sus estructuras tácticas y buscando progresar mediante asociaciones, apoyos y desmarques.
Para que el gol sea válido, el jugador que finaliza debe encontrarse dentro del carril lateral donde están situadas las porterías que ataca.
El equipo en posesión deberá generar las condiciones necesarias para progresar desde el sector central hacia la zona de finalización, mientras que el equipo defensor tratará de mantener su organización posicional, cerrar líneas de pase y proteger sus dos porterías.
Tras cada recuperación, se produce una transición ofensiva inmediata, manteniendo la direccionalidad y los objetivos de cada equipo.